Otumba
10,00 €
Ante Otumba es imposible ser neutral, entre otras razones suficientes porque Rafael Flores no lo es. Su estética es una ética militante y rigurosa, nunca fundamentalista y jamás pacata; una ética fundada en el amor, la libertad y la justicia; en suma, una ética de la belleza sin tregua, desnuda y sin falsos ornamentos. Y, al propio tiempo, su ética es una estética profunda y alta de la dignidad humana; así como su narrativa, su épica, la del coraje de vivir.
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En esta novela, podemos leer que «Otumba no pertenece a ningún país. Existe al sur del mundo. Varios pequeños países —no por el tamaño, somos modernos—, la incluyen en sus mapas. ¿Por qué? Tal vez logremos averiguarlo después de andar y desandar, sin prejuicio de que, en un momento u otro, haya aprestos bélicos que sobresalten a las agencias informativas: el general fulano declaró que en venticuatro horas beberá un café en la capital del país enemigo. Y, de inmediato, la cuenta de armamentos y hombres movilizados se dispara a proporciones de hecatombe o de bendecida e higiénica carnicería poblacional, según se mire».
Se ha dicho que «Otumba es denuncia de las dictaduras que azotaron Latinoamérica; es una historia de pasión, convicciones y lucha. Es un ejercicio necesario de memoria; es un canto al valor de lo entrañable que pueden generar las relaciones humanas. Pero es sobre todo literatura en su mejor versión: la que nos inquieta, nos acompaña y nos interpela. La que nos deja un gusto agridulce en la boca, porque al terminar de leerla caemos en la cuenta de que no podemos pasar por este mundo sin aportar un poco de rebeldía y otro poco de esperanza». (Editorial Babel)
Ya lo decía Borges: «No es el lector quien elige el libro; es el libro el que elige al lector». Así Otumba inexorablemente elegirá a sus lectores.
Rafael Flores, su autor, ha urdido un libro de emocionante y extraña arquitectura, y lo ha dotado de una convincente apariencia de novela. Pero Otumba, lo advierto al lector, solo en términos formales es una novela; una excelente novela latinoamericana, sombría y trágica, por cuyas páginas ambulan, desgarbados y a menudo terribles, los espectros de la pasión y la muerte; el heroísmo y el martirologio; la memoria y los sueños; el dolor y la encendida alegría de las vísceras y el alma en los prodigios del amor; la lucha y la derrota; la amistad y los odios; el destierro y la incurable obsesión del retorno; la imposibilidad flagrante del olvido.
Ante Otumba es imposible ser neutral, entre otras razones suficientes porque Rafael Flores no lo es. No me referiré a su biografía, sino al que considero su rasgo de identidad esencial: no es un literato sino un escritor, mejor aún, un ser-que-escribe para un ser-que-lee; esto es, no un lector, sino un testigo y centinela lúcido e insobornable. Su estética es, pues, una ética militante y rigurosa, nunca fundamentalista y jamás pacata; una ética fundada en el amor, la libertad y la justicia; en suma, una ética de la belleza sin tregua, desnuda y sin falsos ornamentos. Y, al propio tiempo, su ética es una estética profunda y alta de la dignidad humana; así como su narrativa, su épica, la del coraje de vivir.
Así, en su obra, y Otumba (¿oh tumba quizá?) lo demuestra; lo ficcional es solo un pretexto artístico o un recurso mágico para provocar la emoción (Otumba es ciertamente provocativa), la emoción del conocimiento. En este sentido Flores corrige el aserto de Umberto Eco: «Donde no hay información, no hay comunicación», por este más verdadero y elocuente: «Donde no hay emoción no hay comunicación». (José Viñals).
Ediciones de la Tierra / 2000 / Español / 240 págs. / 21x13,5 cm / Rústica con solapas / ISBN 84-607-0428-3
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